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Entender la educación y el
ejercicio de la docencia, desde el compromiso más
profundo, es el sentimiento y la convicción que he
asumido, aún desde antes de ser felizmente lo que
soy: maestra.
En el presente trabajo cobijo y
desnudo mi realidad, mi práctica pedagógica vigente
en función de unos valores e ideales que hasta
entonces he considerado más que aceptables, pues el
amor y la vocación por la docencia han trascendido a
todas las esferas de mi vida.
Sin embargo, a veces me pregunto
si lo que hago vale la pena, si lo que yo creo que
está bien y es valioso para mi, también es para los
demás. Me llega a “calar” cuando pienso que no, que
no hay un reconocimiento a lo que con tal pasión
ejerzo, pues también creo que el ser humano necesita
y por ello reclama que sea reconocido en su justa
dimensión lo que hace.
La cuestión aquí es, qué
consecuencias e implicaciones pueden darse a raíz de
la relación que establezco como maestra con mis
alumnos. Esto me lleva, en primer lugar a
preguntarme ¿Cómo me ven mis alumnos?, ¿He logrado
trascender en ellos?, ¿He despertado el placer por
aprender? Siento temor por las respuestas, pero
también quiero conocerlas.
Entiendo que las consecuencias de
mi práctica siempre tendrán resultados, algunos
esperados y muchos otros inesperados y hasta
desalentadores, en este sentido es como me dispongo
a reflexionar planteándome más y más preguntas como
¿Qué tipo de resultados se alcanzarán?, ¿Se
cumplieron mis objetivos? Y no solamente me refiero
a los propios sino que voy más allá, cuestionándome
si he cubierto las expectativas de mis alumnos
–compañeros de clase--, inclusive las estrictamente
curriculares y hago esfuerzos prolongados por
cumplir cabalmente con las metas que la buena
docencia demanda y por tanto el docente responsable
de su acción cumple.
Por cierto, John Dewey señala:
“La reflexión nos libera de la actividad meramente
impulsiva y rutinaria… nos permite dirigir nuestras
acciones con previsión y planear de acuerdo con las
metas que deseamos alcanzar, tomando en
consideración los propósitos de los cuales estamos
conscientes. Nos permite saber qué queremos lograr
cuando actuamos”. (1993; 17)
Extraña profesión ésta que para
ejercerla, con frecuencia me invento lo que anhelo
profundamente: dejar huella en mis alumnos.
Sin embargo, asumo que no todos
los días en la docencia son buenos, pues saber qué
busco al actuar no necesariamente propicia que
salgan bien las cosas, que con las acciones que
preveo alcance a todos mis alumnos. Reflexionar
sobre mi práctica en pro de una mejora continua no
me hace una especie de súper mujer, simplemente
asumo mi compromiso en la formación de mis
estudiantes y en la propia.
He señalado también, alguna vez,
que la práctica docente es una tarea compleja,
subjetiva y de retos, ya que en el aula ocurren
cosas impredecibles y a gran velocidad que me han
obligado a tomar decisiones casi instantáneas que en
mucho superan a la enorme lista de teorías, leyes y
enfoques educativos memorizados en algún momento de
mi vida. El punto aquí es; hasta qué grado he
actuado bien, ha sido consciente la medida que tomé.
Al respecto Donald Shön (1983)
dice: Los problemas no se presentan al profesional
como algo dado, deben construirse a partir de los
materiales de situaciones problemáticas que son
confusas, agobiantes e inciertas…
Como parte de este proceso de
reflexión me he sentido muy motivada para prestar
toda mi atención al aquí y al ahora, es decir, sobre
todas las acciones que conforman mi práctica
pedagógica y mi desempeño social para el cual fui
formada. El resultado es, que inconscientemente y
con frecuencia entro en varios conflictos al
pretender con inmediatez acciones no siempre
pensadas a la luz de la reflexión y si, como ya lo
he mencionado, al calor de la situación dada, por
supuesto que estos actos quedan grabados en mi
memoria y no puedo mas que llevarlos a casa y más
tarde a interrumpir mi sueño.
Max Van (1998) se refiere a las
situaciones pedagógicas como actos apropiados para
la formación de sujetos. Sin embargo, las
situaciones pedagógicas generalmente no permiten que
el profesor se retire a reflexionar, a analizar la
situación, a deliberar sobre las posibles
alternativas, a decidir sobre la mejor acción a
realizar y a actuar sobre esta situación... Con
mucha frecuencia el momento pedagógico requiere que
el profesor actué instantáneamente, asi que toda
reflexión siempre presume un cierto elemento de
tiempo y de distanciamiento de la experiencia que es
objeto de nuestra reflexión.
El momento ideal para reflexionar
lo sucedido en el aula no existe, al menos no en el
ideal pero he de decir que busco lo más cercano a
lo aceptable para lograr una acción pedagógica de
calidad, esto es debidamente pensada.
Mientras desarrollo el contenido,
generalmente al inicio de la secuencia didáctica,
con y para mis alumnos, me doy perfecta cuenta quién
atiende, quién está inquieto, quién parece mostrar
desagrado y apatía y quién definitivamente está
ausente.
Muchas veces logro interceptar
sus miradas y hasta intercambiamos sonrisas, o bien
como dice Aebli; logro establecer contacto
psicológico “… el profesor necesita mantenerse en
contacto psicológico con la clase; debe advertir si
le comprende, si es capaz de realizar los avances
que exige de ella. Pero más allá del control del
entendimiento racional, ha de saber si la clase le
sigue, si toma en serio lo que expone, si siente
aquello que él desearía transmitir, y así pasar a
segundo plano el deseo de controlar… El profesor
precisa este contacto con igual fuerza que el actor
necesita la relación con el espectador y el orador
la relación con su audiencia” (1998; 50)
La atención de los muchachos me
inspira y me incita a la pasión docente, me detengo
en el discurso curricular y comparto alguna anécdota
personal o hasta una “mentirilla chusca” con la
intención de restarle solemnidad a la clase.
Considero que no pierdo autoridad
y menos el rumbo del propósito programado, sólo
intento descentrar la clase del contenido y hasta de
mi protagonismo, para devolverles a ellos lo que es
de ellos: su clase. Con lo anterior quiero decir que
mi vida en el aula es dar y recibir.
Es maravilloso saberme y sentirme
aceptada e integrada en y con el grupo, pero también
sé que puede no ser así, sino todo lo contrario. Por
lo que asumo que generalmente el proceso pedagógico
interactivo es difícil de mantener y de escribir,
porque las relaciones interpersonales son cambiantes
y accidentadas, características que pueden
orillarnos a perder la oportunidad pedagógica de
actuar apropiadamente en el aula.
Finalmente, para revitalizar la
pasión por la enseñanza pienso cada día en lo que
puede hacer de mi clase una clase diferente, en la
que todos experimentemos placer al vivirla. Concluyo
con que mis alumnos son la frescura que a mi vida
como docente hace falta.
BIBLIOGRAFÍA
Aebli, Hans (1998) 12 formas
básicas de enseñar. Una didáctica basada en la
psicología. Madrid, Narcea.
Shön, Donald (1998) El
profesional reflexivo. Cómo piensan los
profesionales cuando actúan. Buenos Aires,
Paidós.
Van Manen, Max (1998) “La
relación entre la reflexión y la acción” en El
tacto en la enseñanza. El significado de la
sensibilidad pedagógica. Barcelona, Paidós.
Zeichner, Kennet y P. Liston (1996)
Raíces históricas de la enseñanza reflexiva.
Barcelona, Paidós. |