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REVITALIZAR LA PASIÓN POR LA ENSEÑANZA

Autora:

María Araceli Sánchez Ayala
Alumna del tercer semestre de  la Maestría en Educación Media superior y Superior
UPN, Celaya
 

Los maestros, en relación a sus alumnos,

construyen su identidad…

Remedi

 

Entender la educación y el ejercicio de la docencia, desde el compromiso más profundo, es el sentimiento y la convicción que he asumido, aún desde antes de ser felizmente lo que soy: maestra.

En el presente trabajo cobijo y desnudo mi realidad, mi práctica pedagógica vigente en función de unos valores e ideales que hasta entonces he considerado más que aceptables, pues el amor y la vocación por la docencia han trascendido a todas las esferas de mi vida.

Sin embargo, a veces me pregunto si lo que hago vale la pena, si lo que yo creo que está bien y es valioso para mi, también es para los demás. Me llega a “calar” cuando pienso que no, que no hay un reconocimiento a lo que con tal pasión ejerzo, pues también creo que el ser humano necesita y por ello reclama que sea reconocido en su justa dimensión lo que hace.

La cuestión aquí es, qué consecuencias e implicaciones pueden darse a raíz de la relación que establezco como maestra con mis alumnos. Esto me lleva, en primer lugar a preguntarme ¿Cómo me ven mis alumnos?, ¿He logrado trascender en ellos?, ¿He despertado el placer por aprender? Siento temor por las respuestas, pero también quiero conocerlas.

Entiendo que las consecuencias de mi práctica siempre tendrán resultados, algunos esperados y muchos otros inesperados y hasta desalentadores, en este sentido es como me dispongo a reflexionar planteándome más y más preguntas como ¿Qué tipo de resultados se alcanzarán?, ¿Se cumplieron mis objetivos? Y no solamente me refiero a los propios sino que voy más allá, cuestionándome si he cubierto las expectativas de mis alumnos –compañeros de clase--, inclusive las estrictamente curriculares y hago esfuerzos prolongados por cumplir cabalmente con las metas que la buena docencia demanda y por tanto el docente responsable de su acción cumple.

Por cierto, John Dewey señala: “La reflexión nos libera de la actividad meramente impulsiva y rutinaria… nos permite dirigir nuestras acciones con previsión y planear de acuerdo con las metas que deseamos alcanzar, tomando en consideración los propósitos de los cuales estamos conscientes. Nos permite saber qué queremos lograr cuando actuamos”. (1993; 17)

Extraña profesión ésta que para ejercerla, con frecuencia me invento lo que anhelo profundamente: dejar huella en mis alumnos.

Sin embargo, asumo que no todos los días en la docencia son buenos, pues saber qué busco al actuar no necesariamente propicia que salgan bien las cosas, que con las acciones que preveo alcance a todos mis alumnos. Reflexionar sobre mi práctica en pro de una mejora continua no me hace una especie de súper mujer, simplemente asumo mi compromiso en la formación de mis estudiantes y en la propia.

He señalado también, alguna vez, que la práctica docente es una tarea compleja, subjetiva y de retos, ya que en el aula ocurren cosas impredecibles y a gran velocidad que me han obligado a tomar decisiones casi instantáneas que en mucho superan a la enorme lista de teorías, leyes y enfoques educativos memorizados en algún momento de mi vida. El punto aquí es; hasta qué grado he actuado bien, ha sido consciente la medida que tomé.

Al respecto Donald Shön (1983) dice: Los problemas no se presentan al profesional como algo dado, deben construirse a partir de los materiales de situaciones problemáticas que son confusas, agobiantes e inciertas…

Como parte de este proceso de reflexión me he sentido muy motivada para prestar toda mi atención al aquí y al ahora, es decir, sobre todas las acciones que conforman mi práctica pedagógica y mi desempeño social para el cual fui formada. El resultado es, que inconscientemente y con frecuencia entro en varios conflictos al pretender con inmediatez acciones no siempre pensadas a la luz de la reflexión y si, como ya lo he mencionado, al calor de la situación dada, por supuesto que estos actos quedan grabados en mi memoria y no puedo mas que llevarlos a casa y más tarde a interrumpir mi sueño.

Max Van (1998) se refiere a las situaciones pedagógicas como actos apropiados para la formación de sujetos. Sin embargo, las situaciones pedagógicas generalmente no permiten que el profesor se retire a reflexionar, a analizar la situación, a deliberar sobre las posibles alternativas, a decidir sobre la mejor acción a realizar y a actuar sobre esta situación... Con mucha frecuencia el momento pedagógico requiere que el profesor actué instantáneamente, asi que toda reflexión siempre presume un cierto elemento de tiempo y de distanciamiento de la experiencia que es objeto de nuestra reflexión.

El momento ideal para reflexionar lo sucedido en el aula no existe, al menos no en el ideal pero he de decir que busco lo más cercano a lo  aceptable para lograr una acción pedagógica de calidad, esto es debidamente pensada.

Mientras desarrollo el contenido, generalmente al inicio de la secuencia didáctica, con y para mis alumnos, me doy perfecta cuenta quién atiende, quién está inquieto, quién parece mostrar desagrado y apatía y quién definitivamente está ausente.

Muchas veces logro interceptar sus miradas y hasta intercambiamos sonrisas, o bien como dice Aebli; logro establecer contacto psicológico “… el profesor necesita mantenerse en contacto psicológico con la clase; debe advertir si le comprende, si es capaz de realizar los avances que exige de ella. Pero más allá del control del entendimiento racional, ha de saber si la clase le sigue, si toma en serio lo que expone, si siente aquello que él desearía transmitir, y así pasar a segundo plano el deseo de controlar… El profesor precisa este contacto con igual fuerza que el actor necesita la relación con el espectador y el orador la relación con su audiencia” (1998; 50)

La atención de los muchachos me inspira y me incita a la pasión docente, me detengo en el discurso curricular y comparto alguna anécdota personal o hasta una “mentirilla chusca” con la intención de restarle solemnidad a la clase.

Considero que no pierdo autoridad y menos el rumbo del propósito programado, sólo intento descentrar la clase del contenido y hasta de mi protagonismo, para devolverles a ellos lo que es de ellos: su clase. Con lo anterior quiero decir que mi vida en el aula es dar y recibir.

Es maravilloso saberme y sentirme aceptada e integrada en y con el grupo, pero también sé que puede no ser así, sino todo lo contrario. Por lo que asumo que generalmente el proceso pedagógico interactivo es difícil de mantener y de escribir, porque las relaciones interpersonales son cambiantes y accidentadas, características que pueden orillarnos a perder la oportunidad pedagógica de actuar apropiadamente en el aula.

Finalmente, para revitalizar la pasión por la enseñanza pienso cada día en lo que puede hacer de mi clase una clase diferente, en la que todos experimentemos placer al vivirla. Concluyo con que mis alumnos son la frescura que a mi vida como docente hace falta.

BIBLIOGRAFÍA

Aebli, Hans (1998) 12 formas básicas de enseñar. Una didáctica basada en la psicología. Madrid, Narcea.

Shön, Donald (1998) El profesional reflexivo. Cómo piensan los profesionales cuando actúan. Buenos Aires, Paidós.

Van Manen, Max (1998) “La relación entre la reflexión y la acción” en El tacto en la enseñanza. El significado de la sensibilidad pedagógica. Barcelona, Paidós.

Zeichner, Kennet y P. Liston (1996) Raíces históricas de la enseñanza reflexiva. Barcelona, Paidós.
 

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