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A mediados del siglo XX, los centros
de educación superior en México que habían sido
creados desde una perspectiva centralista, y que
habían sido pilares en el desarrollo nacional,
habían llegado a límites en su capacidad de
crecimiento. Entonces, en los diferentes estados del
país empezaron a surgir las universidades públicas
estatales, como una respuesta a las necesidades
regionales de educación superior, y que en su
conjunto era una búsqueda, tal vez un poco vaga, de
un sistema universitario. La realidad es que estas
universidades muchas veces no tenían una visión
clara de su papel, y mucho menos recursos
suficientes para satisfacer sus necesidades, además
de estar contaminadas desde su nacimiento por los
problemas sociales y políticos de su estado, siendo
mas bien excepcionales aquellas que pudieron colocar
a su función académica en primer lugar de sus
intereses. La respuesta del gobierno federal ante la
necesidad de educación distribuida geográficamente
en los estados estuvo acompañada de desconfianza
hacia las universidades estatales, al extremo de que
propuso e impulsó como alternativa un sistema
fuertemente estructurado y centralizado, como era el
sistema de institutos tecnológicos. A esto se agrega
un desarrollo significativo de las instituciones
privadas.
Así llegamos a los principios del
siglo XXI con un sistema de educación superior
pública, dividido en tres subsistemas que debieran
complementarse para ser el motor del desarrollo del
país, pero que en la práctica han demostrado tener
un bajo sentido de la cooperación, y que poco han
contribuido al desarrollo de México fuera de la
formación de recursos humanos. Además, si el
desarrollo del país es en gran medida una
consecuencia de la cantidad y calidad de gente
altamente calificada con que cuenta, es evidente que
el papel de este sistema universitario no ha sido
satisfactorio, o al menos, parece ser que los
millones de profesionistas que actualmente se
encuentran luchando en el mercado laboral, y que han
sido formados en el sistema educativo de educación
superior, todavía no han sido capaces de vencer
otros factores que en conjunto determinan el modo de
ser de la sociedad mexicana, y de incidir
decisivamente para elevar los niveles de vida de la
población.
Esto significa que aun cuando el
conjunto de universidades e institutos de educación
superior ya representa una masa crítica de tamaño
respetable, que produce una cantidad considerable de
profesionistas, ahora es necesario optimizar su
funcionamiento y mejorar su organización como
sistema, de tal modo que las diferentes integrantes
puedan cooperar (y competir) entre si, y
complementar sus esfuerzos para generar los
productos que entreguen a la sociedad, ya sean
profesionistas, nuevos conocimientos o servicios a
los sectores productivo y social.
Los últimos diez años han significado
un avance importante en la cultura de la evaluación
y rendición de cuentas, lo cual de manera optimista
nos llevará a una depuración de cada una de las
instituciones y del sistema global, pero esto debe
estar acompañado de políticas nacionales mas
agresivas que impulsen a las instituciones a ser mas
competitivas a nivel internacional, dejando atrás la
autocomplacencia a la que algunas instituciones son
tan apegadas. |